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9 de Septiembre de 2010

 
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¿QUÉ TAL SI DESCUBRIERA QUE EL CONSUMO DE GRASA NO ES LA CAUSA DE LA OBESIDAD? (Continuación...)

Es más, la cantidad de ideas falsas propagadas acerca de las investigaciones más básicas pueden ser asombrosas. Los investigadores son acuciosamente científicos describiendo las limitaciones de sus propios experimentos y después citan algo como una verdad indisputable solamente porque lo leyeron en una revista. El ejemplo clásico que se escucha muchas veces es que el 95% de todas las personas que se ponen a dieta nunca bajan de peso y el 95% de aquellas personas que sí bajaron de peso no lo pueden mantener. Esto fue atribuido correctamente al siquiatra de la Universidad de Pennsylvania, Albert Stunkard, pero no se menciona que esta declaración se basó en 100 pacientes que pasaron por la clínica de obesidad de Stunkard durante la administración de Eisenhower.

Con estas advertencias, uno de los pocos hechos razonablemente confiables sobre la epidemia de la obesidad es la que comenzó a principios de los años 80. Según Katherine Flegal, una epidemióloga del Centro Nacional de Estadísticas de la Salud, el porcentaje de norteamericanos obesos se mantuvo relativamente constante a través de los años 60 y 70 en un 13 y 14% y después aumentó 8 puntos porcentuales en los años 80. A finales de esa década, casi uno de cuatro norteamericanos era obeso. Ese aumento drástico, el cual es consistente a través de todos los segmentos de la sociedad norteamericana y que continuó sin bajar en los años 90, es la característica singular de esta epidemia. Mientras tanto, la cantidad de niños con sobrepeso casi se triplicó. Por primera vez, los médicos comenzaron a diagnosticar diabetes tipo 2 en adolescentes. La diabetes tipo 2 acompaña con frecuencia a la obesidad. Se le acostumbraba llamar diabetes de los adultos, pero ahora, por razones obvias, ya no.

Entonces, ¿cómo sucedió esto? La explicación ortodoxa y omnipresente es que vivimos en lo que Kelly Brownell, una sicóloga de Yale, ha llamado un “ambiente de alimentos tóxicos” y de alimentos grasosos y baratos, grandes porciones, publicidad penetrante de alimentos y vidas sedentarias. Mediante esta teoría, estamos a la merced Pavloviana de la industria alimenticia, que gasta casi $10,000 millones de dólares al año publicitando alimentos chatarra y comida rápida. Debido a estos alimentos, especialmente la comida rápida, tan llena de grasa, pero que es irresistible así como engordadora. Para rematar, siguiendo con la teoría, nuestra sociedad moderna ha eliminado exitosamente la actividad física de nuestras vidas. Ya no nos ejercitamos ni subimos escaleras caminando, ni nuestros hijos van en bicicleta a la escuela, ni juegan en la calle, porque prefieren jugar con videos y ver televisión. Y como algunos de nosotros estamos obviamente predispuestos a subir de peso, mientras que otros no, esta explicación también tiene un componente genético – el gene de la acumulación. Sugiere que acumular calorías extras en forma de grasa es una ventaja de la evolución de nuestros ancestros Paleolíticos, quienes tuvieron que sobrevivir frecuentes hambrunas. Entonces nosotros heredamos estos genes “ahorradores”, a pesar de su responsabilidad en el ambiente tóxico de nuestros días.

Esta teoría tiene perfecto sentido y juega en ventaja de nuestro prejuicio puritano de que la grasa, la comida rápida y la televisión están dañando intrínsecamente a la humanidad. Pero hay dos trampas. Primero, aprobar esta lógica es aceptar que los copiosos refuerzos negativos que acompañan a la obesidad – tanto social como físicamente – son fácilmente superados por el constante bombardeo de publicidad de la industria alimenticia y la tentación de aprovechar las ofertas frecuentes en algunos de estos alimentos. Además, como lo describe Flegal, existe poca información que apoye esto. Ciertamente nada de esto explica que fue lo que cambió de manera tan importante como para iniciar la epidemia. Por ejemplo, el consumo de comida rápida continuó creciendo de manera estable a través de los años 70 y 80, pero no dio un salto repentino como lo hizo la obesidad.

 

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