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7 de Septiembre de 2010

 
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DESCUBRIENDO EL ENIGMA DE LA GRASA.  (Continuación...)

Con la notable excepción de la insulina, la cual ayuda al cuerpo a procesar los azúcares de los carbohidratos, la identidad de la mayoría de los jugadores en este acto de balance químico sigue siendo desconocido. El primer descubrimiento importante ocurrió en 1995 cuando Friedman de Rockefeller sorprendió al mundo científico al anunciar que el y sus colegas habían descubierto una hormona producida por las células de grasa que realmente ocasionaban que la grasa se derritiera, al menos en los ratones de laboratorio. Ratones manipulados genéticamente que no tenían el gen para esconder esta hormona desarrollaron un apetito increíble y engordaron muchísimo. Cuando a estos mismos ratones se les inyectó la hormona faltante, bajaron una tercera parte del peso que habían subido. Los investigadores llamaron a esta hormona leptina, que proviene de la palabra griega leptos que significa delgado.

Aunque la leptina no se puede usar para el tratamiento de la obesidad en humanos ya que la vasta mayoría de personas obesas tienen niveles de leptina normales, su descubrimiento enfrentó una quimera científica que todavía tiene que calmarse. Hasta ahora, equipos de investigación en competencia en los Estados Unidos y en Europa han identificado al menos unos seis compuestos que tienen el poder de regular el apetito. Los investigadores del Colegio Imperial de Medicina en Londres acaban de mostrar que una de estas hormonas, conocida como PYY 3-36 , realmente promueve la sensación de satisfacción después de comer.

Cada uno de estos compuestos son ligeramente diferentes y los científicos apenas empiezan a descubrir como funcionan (ver diagrama). Lo que está claro es que todos ellos son nodos importantes en una red elaborada de trayectorias interconectadas que entran y salen del hipotálamo, una estructura del cerebro que es el centro de control del peso. El cuerpo produce hormonas que activan el hipotálamo. Las neuronas en el hipotálamo envían mensajes nuevos de regreso al cuerpo e igual que los mensajes subliminales, estas señales afectan poderosamente nuestro comportamiento aún cuando no nos demos cuenta de ello.

Por lo tanto, mientras leemos o conversamos, el hipotálamo–activado por la leptina o algún otro compuesto – le ordena a las células y tejidos a incrementar gradualmente el gasto de energía. El cuerpo responde elevando la tasa metabólica o aumentando el flujo sanguíneo hacia las capas exteriores de la piel con el fin de disipar el calor. De este modo, realizamos un proceso conocido como termogénesis, el cual es la forma en que el cuerpo quema las calorías en exceso.

Curiosamente algunas personas parecen ser más eficientes en la termogénesis que otras. Los investigadores dirigidos por el Dr. Bradford Lowell del Centro Médico Beth Israel Deaconess de Boston mencionaron el mes pasado a tres genes que pudieran ser responsables de algo de esa variación. Los ratones que no tenían estos genes, reportaron en Science , engordaron extremadamente cuando se les dio una dieta alta en calorías enriquecida con grasa y sucrosa. Por el contrario, los ratones normales alimentados con la misma dieta subieron de peso moderadamente.

El hecho de que la obesidad tenga raíces genéticas no explica todo el misterio. Si la obesidad es mala para nosotros – y no hay duda que si lo es – ¿entonces porque tanta gente es tan susceptible a acumular un exceso de grasa? La respuesta pudiera estar en lo que se conoce como la Hipótesis del Gen de Thrifty, la cual supone que los genes de la obesidad se han mantenido en los humanos debido a que confieren una apreciable ventaja para la supervivencia.

Como en fábula de la hormiga de Esopo, la gente con el genotipo Thrifty – inteligentemente, se podría decir – se prepara para tiempos difíciles consumiendo y almacenando más calorías que las que se gastan. De este modo se crea un almacén de grasa que se utilizaría cuando hubiera escasez de alimento. Es fácil imaginarse las hambrunas recurrentes en el curso del desarrollo humano que prácticamente forzaron al sistema biológico a regular el peso para poder resistir la pérdida de peso y no para protegerlo contra la ganancia de peso.

En principio al menos, nadie debería volverse obeso, porque el sistema genético parece estar exquisitamente afinado para regular el peso. Los investigadores calculan que un hombre que mantiene su peso estable en 175 libras (80 kilos) consume un millón de calorías al año en promedio y también use un millón de calorías. “Piense en esto”, nos dice el Dr. Michael Schwarts, jefe de nutrición clínica de la Universidad de Washington en Seattle, “Como es que iguala un millón con un millón, esto no sucedió por casualidad”.

Se cree que la leptina, la cual influye en el apetito y en la termogénesis, es la clave para mantener este balance. Porque entre más capas de grasa tenemos más leptina se bombea, la cual señala al hipotálamo que es momento de acelerar la salida de energía y frenar el consumo calórico. El problema es que la gente que sube de peso ahora sabe como desarrollar una resistencia remarcable al poder de la leptina. Entre más gordos están y más leptina producen, el hipotálamo se hace más impermeable. Tarde o temprano el hipotálamo interpreta el nivel elevado de leptina como normal – y de ahí en adelante lee mal la disminución de leptina ocasionada por la pérdida de peso como una señal de hambre. Este fenómeno proporciona una explicación bioquímica de porque muchos de los que bajan de peso terminan recuperándolo. Nuestros cuerpos, respaldados por millones de años de evolución, ahora luchan contra nosotros.

Entonces, ¿Qué es lo que causa la resistencia a la leptina? La respuesta puede ser bastante complicada. No solamente las demás hormonas del sistema digestivo juegan un papel, sino también los investigadores están descubriendo que deben tomar en cuenta la influencia de neurotransmisores que alteran el estado de ánimo como son la dopamina y la serotonina, así como las hormonas del estrés – adrenalina y cortisol. Además están las melanocortinas, productos químicos del cerebro cuyo poder para afectar la pérdida y ganancia de peso apenas se está considerando.

Los genes, por supuesto, no son los que nos hacen gordos. Ellos meramente establecen una susceptibilidad para subir de peso bajo ciertas circunstancias – y sin duda, estas condiciones ahora están en todas partes. Como nos dice el Dr. Walter Willet de la Escuela de Salud Pública de Harvard, “en esencia el estilo de vida sedentario y una variedad de alimentos han transformado a la gente en el equivalente del ganado confinado comiendo maíz en sus corrales; hemos creado un gran corral formado por todos los norteamericanos”.

Nuestros ancestros de la edad de piedra no vivían así. Tenían que matar al animal y recuperar su carne durante cacerías maratónicas que duraban días, algunas veces semanas. Tenían que caminar muchos kilómetros a campo traviesa para conseguir frutas, granos y nueces silvestres y para obtener tubérculos. Si querían comer algo dulce, tenían que localizar un panal, alejar a las abejas y obtener la miel, con frecuencia tenían que subir a los árboles o los tenían que cortar.

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